Es una mañana cualquiera. Bueno, al menos eso me imagino. Fuera el mundo debe seguir igual que ayer… Pero no, ahí está esa fuerza que algunos llamarán Dios y otros cambio climático, para demostrar que el universo es de todo menos predecible. Salgo de la habitación para ir al baño y una lluvia de nieve (literalmente, nada de metáforas porno), cae fuera de la ventana del salón. Increíble. Vuelvo corriendo a la habitación: “cariño, nieva”, digo con un tono de exaltación muy poco común después de haberme levantado. Ella, que todavía se encuentra en plena lucha mental por vencer el frío y separar las sábanas de su cuerpo, responde con un “ahá” medio muerto de asco. ¡Como si pasara todos los días! Si hubiera dicho que los backstreet boys están desnudos en el salón, otro gallo cantaría.
Un par de horas más tarde salimos a la calle, ya despejados, limpitos y con nuestras mejores galas anticongelación. Ante nosotros, esto:
Nieva. Nieva a todo nevar. Y al nivel del mar. Pareado. Se me empieza a ocurrir que tal vez no ha sido tan malo esto de cargarnos el ecosistema. La cámara se empapa. “Vamos, corre”, “voooooy”. La gente se parapeta bajo sus chaquetas, impermeables y paraguas sin demasiado éxito. Debe hacer ya rato que cae, porque todo está cubierto de blanco. No viene mal un toque de pureza de vez en cuando.
¡Es la guerra! Todos caminan a toda leche por la calle. Los que trabajan miran desde dentro de sus negocios vacíos de clientes cómo el mundo se deshace. Eso los que no tienen un bar, que los camareros iban y venían con cacaolats calientes, cafés y demás con tanto trajín que apenas sí vieron la nieve. Nosotros vamos a clase enfundados en sendos abrigos y esquivando peatones, bajo la miserable protección de un paraguas roto. Llegamos a la boca del metro. “¿Entramos o vamos a pie?” No nos decidimos. Un ademán común nos impulsa a caminar mientras argumento no sé qué estupidez sobre lo cerca que estamos. Dos pasos más allá volvemos a dar la vuelta y entramos en el metro como absorbidos por una fuerza amiga: el calorcito subterráneo. Tengo los pies mojados. Me quito la capucha y un poco de nieve cae dentro del jersei y resbala por mi espalda: ¡Buenos días, amigos y amigas! Después de un trasbordo y tres o cuatro paradas salimos a la calle. El espectáculo allí no es mucho más alentador.
El suelo resbala, medio embarrado de pisadas. Un fluído viscoso y marrón que fue blanco y frágil en otro momento cubre las aceras y las calles. De los balcones y tejados caen pequeños aludes, como bombas de racimo, sobre los transeuntes. Esto es mejor que el medal of honor. Por fin llegamos a la escuela de doblaje. Entramos. “Hola, qué tal…”. Hacemos un take, “hala, que cerramos la escuela porque no ha venido ni cristo”. La versión oficial es que cierran por la seguridad de los estudiantes. Hasta las ocho no entro a trabajar, así que nos quedamos en un bar a hablar de la vida, el amor y otras chorradas con unos compañeros y la profe.
Gran día. Espero que el vuestro fuera incluso mejor.