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    Plomo en el aire

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    Una mañana cualquiera: despiertas en el vacío.
    De todas las cosas que importaban,
    de todas…
    ya no queda ninguna.
    En su lugar queda el silencio roto,
    el corazón sucio
    y un cenicero lleno de sueños apagados.
    El olor de lo que fue,
    esa esencia con la que se escribían las ilusiones
    ahora sólo son cenizas deshechas.
    ¿Te acuerdas de…? Detienes la pregunta.
    No queda nadie para escucharte.
    Una risa en la memoria. Resuena.
    Ecos de poemas que no llegaron a rozar
    su piel,
    sus oídos,
    sus manos.
    Triste vida la del solitario,
    siempre vencido por sus recuerdos.
    Lamentando cada instante perdido.
    Perdido por amor, por honor,
    por querer demasiado,
    por querer demasiado poco.
    Di adiós.
    Levanta la mano al infinito. Se ríe.
    Mira a los ojos a ese destino que te odia.
    Sonríe con la sonrisa truncada del que llega el último.
    Mata y muere por esto.
    Saluda mientras su forma se borra de la retina,
    se airea su perfume,
    su tacto se deshace entre los dedos.
    Coge el cenicero lleno de memorias.
    Arrójalo al vacío.
    Date la vuelta. Termina el saludo.
    Adiós.
    Es una palabra hecha de plomo.
    Adiós.
    Pesa.
    Sigue.
    Camina.
    Reinicia.
    Adiós.

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    Oct 19

    Pesan los párpados de un sueño antiguo.
    Pesa el dolor, pesa el olvido.
    Pesan el aire y las ganas de seguir adelante.
    Todo pesa y cada vez pesa más.
    No importa si tu mente vuela
    más allá de La Tierra, entre estrellas
    y ama sin fin, sin medida,
    aquello que llamo el sueño del amor.
    Ah, pero eso es lo que es y por eso acaba.
    ¡Despierta!
    Quiere amar ese corazón hecho trizas
    pero sólo sabe de lágrimas y memorias perdidas.
    Queda una sonrisa fúnebre
    que resplandece en el fondo de un pozo sin luz.
    ¿Desean andar más pasos de ciego, esas piernas
    y abrazar, esos brazos, la calidez de la mentira?
    No se cansan, siguen, languidecen sólo
    cuando sienten al destino riéndose a sus espaldas.
    Mira hacia delante. Algo más aguarda.
    Otro charco de barro amigo, conocido.
    Ya he estado aquí. No quería volver.
    Y, sin embargo, su gravedad parece diseñada
    para atraparme en su olvido de soledad…

    para siempre.

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    Mar 11

    Nieve sobre el mar

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    Es una mañana cualquiera. Bueno, al menos eso me imagino. Fuera el mundo debe seguir igual que ayer… Pero no, ahí está esa fuerza que algunos llamarán Dios y otros cambio climático, para demostrar que el universo es de todo menos predecible. Salgo de la habitación para ir al baño y una lluvia de nieve (literalmente, nada de metáforas porno), cae fuera de la ventana del salón. Increíble. Vuelvo corriendo a la habitación: “cariño, nieva”, digo con un tono de exaltación muy poco común después de haberme levantado. Ella, que todavía se encuentra en plena lucha mental por vencer el frío y separar las sábanas de su cuerpo, responde con un “ahá” medio muerto de asco. ¡Como si pasara todos los días! Si hubiera dicho que los backstreet boys están desnudos en el salón, otro gallo cantaría.

    Un par de horas más tarde salimos a la calle, ya despejados, limpitos y con nuestras mejores galas anticongelación. Ante nosotros, esto:

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    Nieva. Nieva a todo nevar. Y al nivel del mar. Pareado. Se me empieza a ocurrir que tal vez no ha sido tan malo esto de cargarnos el ecosistema. La cámara se empapa. “Vamos, corre”, “voooooy”. La gente se parapeta bajo sus chaquetas, impermeables y paraguas sin demasiado éxito. Debe hacer ya rato que cae, porque todo está cubierto de blanco. No viene mal un toque de pureza de vez en cuando.

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    ¡Es la guerra! Todos caminan a toda leche por la calle. Los que trabajan miran desde dentro de sus negocios vacíos de clientes cómo el mundo se deshace. Eso los que no tienen un bar, que los camareros iban y venían con cacaolats calientes, cafés y demás con tanto trajín que apenas sí vieron la nieve. Nosotros vamos a clase enfundados en sendos abrigos y esquivando peatones, bajo la miserable protección de un paraguas roto. Llegamos a la boca del metro. “¿Entramos o vamos a pie?” No nos decidimos. Un ademán común nos impulsa a caminar mientras argumento no sé qué estupidez sobre lo cerca que estamos. Dos pasos más allá volvemos a dar la vuelta y entramos en el metro como absorbidos por una fuerza amiga: el calorcito subterráneo. Tengo los pies mojados. Me quito la capucha y un poco de nieve cae dentro del jersei y resbala por mi espalda: ¡Buenos días, amigos y amigas! Después de un trasbordo y tres o cuatro paradas salimos a la calle. El espectáculo allí no es mucho más alentador.

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    El suelo resbala, medio embarrado de pisadas. Un fluído viscoso y marrón que fue blanco y frágil en otro momento cubre las aceras y las calles. De los balcones y tejados caen pequeños aludes, como bombas de racimo, sobre los transeuntes. Esto es mejor que el medal of honor. Por fin llegamos a la escuela de doblaje. Entramos. “Hola, qué tal…”. Hacemos un take, “hala, que cerramos la escuela porque no ha venido ni cristo”. La versión oficial es que cierran por la seguridad de los estudiantes. Hasta las ocho no entro a trabajar, así que nos quedamos en un bar a hablar de la vida, el amor y otras chorradas con unos compañeros y la profe.

    Gran día. Espero que el vuestro fuera incluso mejor.

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    Oct 20

    Decisiones

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    Play antes de leer

    The Frames me lanzan desde la oscuridad de mi habitación una frase exacta: tu deseo cambia cada día, es una decisión que debes tomar. Yo no entiendo nada. Sigue cantando una voz triste. Siempre, parece no funcionar nunca. ¿Por qué tiene tanta razón? Me pregunto mientras siento la soledad que entra por mis poros. Se amontona la saliva en mi garganta y me cuesta tragar. Respiro hondo y me quemo los pulmones y de repente siento una lágrima que se desliza despacio cayendo por mi cara y un impulso que me nace desde dentro como si me fueran a explotar las entrañas. Tengo que salir de aquí. El mp3 sigue pegado en mis oídos y un violín resuena con tonos lánguidos desde muy lejos. Podríamos quemar este puente o quedarnos en él. ¡Yo ya no sé lo que quiero! ¡Nunca lo he sabido! Y sin embargo se me comen las ganas de verte, de tocarte, de hacerte el amor y gritar a los cuatro vientos que sin ti esta vida a la que llamo mía no me pertenece. ¿Dónde ha quedado la necesidad de absorbernos a cada segundo como si fuera el último? Corrí demasiado rápido, huí después, quise más, pero pedí menos, di todo a sabiendas de que tenía mucho más para ti guardado en alguna parte que murió hace mucho dentro de mí. Siempre, parece no funcionar nunca. Estoy en la calle. Intento caminar sin derramar más penas. Miro a las caras de la gente con la que me cruzo. Me pregunto si ellos también lloran. Aprieto los dientes porque se me escapan las ganas de vivir por los ojos. La música se detiene. Ha terminado la canción. Pero alguien inventó el modo repetición. Vuelven a hablarme de decisiones. Vendería mi alma por un beso tuyo. Por que sonrieras como antes, por que cogieras mi mano otra vez, por que me miraras a los ojos sin decir nada mientras ellos lo dicen todo. Pero ya no me queda nada que vender. Te lo di. Te lo llevaste. Mis pasos se detienen. Vuelvo a poder respirar con normalidad. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Elimino del pensamiento la calidez de tus labios curando mis heridas de guerra. Levanto la mirada. El tiempo será el juez de todo esto. Cuánta razón. Me quito los auriculares. Los sonidos del mundo me abruman. Un grupo de niños vuelven del colegio. “¡Quiero chuches!”, grita uno de ellos a su madre. Ella asiente y se produce el milagro. Alguien sonríe. Miro al cielo y entiendo que el dolor se irá sólo si yo decido que lo haga. Ya puedo volver a casa. Puede que me lleve tiempo, pero es hora de quemar algunos puentes.

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    Oct 07

    Intentando entender

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    X: No me hagas daño. Eso dijo mientras hacíamos el amor… o echábamos un polvo, yo qué sé, mientras emulábamos sarcásticamente el acto de la procreación con un preservativo de por medio. Y ahí estaba yo, metido en ella, agitando las caderas con suavidad. No te haré daño. Eso respondí. Y añadí: nunca. Es una palabra confusa “nunca”. ¿Significaba eso que nada de sexo anal?
    Y: lo estás banalizando.
    X: perdona por buscar cobijo en la ironía.
    Y: no es irónico, es patético. ¿La quieres?
    X: y yo qué sé. ¡No! No lo sé. No, maldita sea, ¿en apenas dos semanas ya la tengo que querer?
    Y: ¿Quién te obliga?
    X: ¿Cómo?
    Y: has dicho: tengo que querer. ¿TIENES que quererla?
    X: no. Menuda estupidez. Sólo digo que si no quería que le hiciera daño, ¿por qué se fue?
    Y: a mí me parece razón suficiente.
    X: la verdad es que a mí también.
    Y: ¿Entonces?
    X: entonces nada. Me parece cobarde.
    Y: todos lo somos.
    X: todos no. No generalices.
    Y: cierto.
    X: no sé… ¿Se fue porque no quería que la hiriera?
    Y: …
    X: ya. No tienes respuesta. No es justo.
    Y: es justo para ella.
    X: ¿Y con eso se supone que tiene que bastarme?
    Y: ¿Y si no?
    X: si no…
    Y: se ha ido. Punto.
    X: yo no le habría hecho daño jamás.
    Y: no lo sabes.
    X: nadie lo puede saber. Es la gracia del futuro, que es impredecible.
    Y: a ella no le hizo mucha gracia.
    X: no banalices.
    Y: tienes razón. Lo siento.
    X: si por miedo dejamos de hacer las cosas, dejamos de sentir, de vivir en definitiva… ¿qué nos queda?
    Y: seguridad.
    X: ¡A la mierda la seguridad! Los que no arriesgan no ganan.
    Y: sólo se recuerdan las historias de los ganadores. Pero hay muchos que se quedan atrás.
    X: ¿Y se arrepienten de habérsela jugado?
    Y: probablemente.
    X: ¡¿Probablemente?!
    Y: sí, ¿nunca te has torturado por haber tomado una decisión equivocada?
    X: supongo que sí.
    Y: ¿Supones o estás seguro?
    X: …
    Y: pues eso.
    X: si no hacemos nada por miedo nos podemos estar perdiendo algo bueno de verdad.
    Y: ¿Mejor que la tranquilidad de la soledad?
    X: sí, maldita sea, sí. Mucho mejor. Algo que haga latir tu corazón. Que te impulse a levantarte cada mañana.
    Y: para eso sólo necesitas el despertador.
    X: eres un imbécil.
    Y: y tú un romántico. Cada uno tiene más que suficiente con lo suyo.
    X: de acuerdo. ¿Y ahora qué?
    Y: pues a seguir adelante.
    X: ¿Y si no puedo?
    Y: oh, vamos. Hace dos semanas existías sin ella.
    X: esto es una mierda.
    Y: acostúmbrate.
    X: ¿Y si no quiero?
    Y: entonces a lo mejor todavía te queda alguna posibilidad.
    X: ¿De qué?
    Y: de vivir.

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    Oct 05

    Hurt

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    Dale al play antes de empezar a leer:

    Suena de fondo la canción de “hurt” de Johnny Cash, que canta con voz desgarrada todo lo que siento. El domingo es un día triste. Lo es por defecto para los que soñamos y no encontramos nada más que una pared frente a nosotros. Lo es para los que amamos a la nada invisible que cohabita dentro de nuestros corazones con la soledad. Lo es para los idiotas que fingimos ser felices mientras dentro de nosotros algo se come nuestras entrañas y nos transforma en aquello que más odiamos. ¿En qué me he convertido? pregunta el maestro Cash. Y sólo se me ocurre que soy triste como este día que dejo atrás con la esperanza de que mañana será diferente, quizás mejor. Puede que me dé por soñar con un domingo en el que sonreír no me cueste. Las lágrimas se apoderan de mí. Escribo línea tras línea, adivinando apenas los trazos de las letras que tecleo en mi ordenador.
    Hoy he subido al Tibidabo. He observado la ciudad de Barcelona desde las alturas en toda su plenitud. Se me ha ocurrido que tres millones de personas allá abajo viven, aman y mueren todos los días. Algunos ríen también. Pensar que soy un grano de arena en Marte hace que me sienta pequeño. Mis errores parecen reversibles. Una pequeña luz brilla al final de un túnel de oscuridad en el que habito desde hace ya demasiado. Soy mejor de lo que soy. Una sonrisa aflora en mis labios. Mañana voy a conseguir que alguien sonría también. “Hoy me he herido a mí mismo sólo para saber si todavía puedo sentir”, y sabe qué señor Cash, aún estoy vivo.

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    Oct 02

    Sobre el dolor invisible

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    Tienes sueño y te sientes cansado, pero no puedes dormir. En la cabeza se agolpan los pensamientos, dónde y cuándo la cagaste, los porqués inexcusables. En los oídos resuenan los versos que escribiste a una musa ya muerta y no puedes evitar sentir un pinchazo en el pecho. No puedes recordar nada bueno porque el dolor es tan intenso que apenas te permite respirar. Te apetece abandonar. Nada sale bien. Todo es gris donde ella había dibujado un arco iris con 16 millones de colores. Tienes ganas de llorar, pero no puedes porque el agotamiento te consume desde lo más profundo de tu ser. Quieres que el destino sea gentil contigo, pero sabes que no será así. Que tú solito has entrado en este laberinto sin salida. Deseas una máquina del tiempo y volver a ser quien eras cuando serlo importaba o valía la pena. Cuando al estirar la mano encontrabas la suya y todo el universo encajaba por fin, porque habías colocado la pieza que te faltaba en el rompecabezas cósmico. Miras a tu alrededor y no hay nadie. Estás solo. Estás incompleto. Quieres volver. Exiges a los dioses que te abocaron al agnosticismo que te den una segunda oportunidad, pero, como siempre, la respuesta es el sonido hueco del vacío atronador que habita en ti. No quieres seguir, pero lo harás. Dejas que te lleve la corriente del río de locura en que has convertido tu existencia. Mientras caminas hacia adelante y hacia ninguna parte, sólo deseas que ella te pida que vuelvas. Lo peor de todo es que sabes que no lo hará, porque hace ya mucho que te ha olvidado.

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