Hace poco participé en el rodaje de un vídeo para el museo de las minas de Bellmunt. Me cogieron para hacer de aprendiz de “fonador” o el que se ocupa de sacar el plomo de la piedra que sale de la mina y hacer lingotes. Y todo porque, según me dijeron, me parecía increíblemente a un tipo al que le habían hecho la foto (de espaldas), mientras estaba trabajando en lo del plomo.
Pero bueno, el caso es que lo hice y tuve que iniciar un periplo salvaje hasta Sant Fruitós del Bages. En el tren del mediodía. Con todo de madres gritonas y chiquillos berreantes.
-Jenny, no te subas a los asientos.- No me caen mal los niños en general, pero la Jenny, uuuuuh, la Jenny… Eso ya no era un niño sino la definición más gráfica jamás puesta sobre la tierra (y dentro de un tren) de lo que es un tocapelotas. Durante hora y media la Jenny y yo, ah, y su puta madre, compartimos el viaje.
Después llegué al set de rodaje. Y se me pasaron el dolor de cabeza y el odio a los niños, porque allí estaba, cual pequeño trozo de cielo puesto en forma de plató, el croma más grande que he visto nunca.
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Esto iba a convertirse en la sala de postproducción en la sala del horno. Pero, ¿y el horno? ¡Pues tenían uno hecho… en cromaaaaa!


Sólo faltaban unos arreglillos en el decorado: piedras, palas y los utensilios que íbamos a usar para simular que hacíamos plomo y, por supuesto, la ropa.
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Y el jefe, que por algo era yo el aprendiz.

Así que si alguna vez vais a Bellmunt y no sabéis qué hacer, pasad por el museo a ver si salgo haciendo de aprendiz de “fonador”


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