Que lo disfrutéis.
He aquí el relato breve que escribí para el concurso de TMB, bajo el pseudónimo de Juby McFly.
Sale el sol después de muchos meses de lluvia y mal tiempo. Los campos y jardines se colorean de flores. Sonríes más porque es primavera y porque has visto a la rubia que está sentada frente a ti en el metro y, maldita sea, si no vale la pena sonreír por ella no vale la pena hacerlo por nada.
A tu alrededor hay un montón de gente. El vagón está casi lleno. Te levantas para salir de allí y luchas por llegar hasta la puerta. Te rozas con todo el mundo y notas su calor corporal y su aliento sobre ti. Su sudor, su olor. Nunca has sido más parte del todo que ahora. Y, de repente, tienes una especie de revelación. Te das cuenta de que todas aquellas personas que jadean y transpiran asquerosamente cerca, tienen problemas propios. Sueñan, aman o desaman, tienen sexo o lo desean… En definitiva, son como tú mismo. Porque aunque te joda, amigo, tú también sudas y apestas a humanidad por mucha eau de toilette que te eches por encima para intentar camuflarlo.
Vuelves a mirar y el metro sigue avanzando, moviendo los cuerpos al unísono, como si bailaran todos alguna canción estúpidamente lenta. Al tomar una curva se te cae encima una abuela y la sujetas con desgana para que no se reviente la cadera contra el suelo y sonríes. Te sale solo. Es un mecanismo automático. Porque no quieres ser amable. De hecho, de importa una mierda la vida de todos los que están a tu alrededor. Y a los demás les pasa lo mismo.
De golpe eres consciente de que nadie daría la vida por ti, aunque tú tampoco la darías por ellos. Ni por todos. Si el diablo (o en su defecto el dueño de algunos grandes almacenes) te ofreciera la posibilidad de salvarte tú o salvarse todos los demás… Bueno, digamos que habría una masacre.
A nadie le importas. Si tienes suerte en la vida, quizá tu padre y tu madre te quieran. Quizá logres convencer a un par o tres de personas de que no eres tan mezquino como realmente eres y te quieran también como amigos. Puede que incluso encuentres a alguien con quien además compartas la cama y que te diga que te quiere. Pero tienes más posibilidades de que te salga todo mal y que por cada diez personas que acaben apreciándote, termines con doscientas que te odien. Eso, si tienes suerte.
Somos una raza violenta. En el medievo se quemaba a los reos condenados en la plaza pública porque así el pueblo aplacaba su ira. Además de que aprendía que al de arriba, ni tocarlo, claro. Pero lo que no se relata en los libros de historia de las escuelas es que el cuerpo humano al calentarse tanto, explotaba. Literalmente. Y la gente adoraba eso. De hecho se peleaban por lograr las mejores vistas del show.
Echas otro vistazo a tu alrededor. Miras al tipo de tu izquierda. Él te mataría. A la abuela de tu derecha. Ella te dejaría tirado en una cuneta. Miras a la rubia. Ella te devuelve la mirada y sonríe. Quizás ella te hiciera alguna putada también, pero al menos es probable que te la tiraras primero. Y eso es lo más hermoso que te ofrecerán en este vagón. Porque nadie dará un duro por ti a menos que ganen algo con ello. Nadie te daría comida si tuvieras hambre. Pero sí te darían una patada gratis o te incinerarían en un cajero. Sólo se dan ayudas a los bancos. Puede que alguien venga a curarte las heridas, pero por cada uno de éstos, vendrán mil dispuestos a herirte. Nadie te dará una manta si estás en plena calle, solo y muerto de frío. Pero tranquilo, todavía es primavera.
La historia empieza con una visita a una página de actores que no viene al caso citar. Allí encuentro un cásting (no, no sé si lleva tilde, pero me suena mejor con) que RTVE va a realizar para diferentes papeles de la versión musical que va a hacer de la serie “Cuéntame” y que se llamará “Cántame” (originalidad a raudales). Mando mi currículo y fotos de guapo varias (yo qué sé, maravillas de la tecnología y de mis amigos que tienen una maña alucinante con las cámaras). A los dos días me llaman para citarme el pasado día 17 en los estudios de Sant Cugat del Vallès de RTVE a las 8:30 de la mañana. Me dicen que lleve tres canciones preparadas para la prueba. Hasta aquí normal. Empiezan las cosas raras: la chica que me ha telefoneado pregunta que si voy a ir solo o acompañado. “Eeeeem… solo”, contesto. Dice que puedo llevar a amigos, familiares y demás y que pueden hacerme los coros e incluso bailar detrás de mí mientras yo canto en el cásting. Yo alucino. Pero me recompongo pensando algo racional que explicaría semejantes sugerencias. Algo racional que no soy capaz de recordar, por supuesto. Nos despedimos y no le doy más vueltas al asunto.
Día 17. Tengo todo lo necesario para ir a la prueba. Me levanto a las 7 para ducharme, vestirme y tener tiempo de ir a la estación y coger el tren hasta Sant Cugat. En la calle hace un frío increíble. Me he preparado las tres canciones, incluida la de Robbie Williams: Angels. Iluso de mí creo que les voy a asombrar. Después del trayecto en tren y andar cinco minutos, encuentro los estudios de RTVE. Hay gente haciendo cola, pero como son las 8:15 de la mañana no me preocupo en exceso. Todavía faltan quince minutos para que empiece. Quince minutos más tarde aquello sigue igual, sólo que ahora hay gente haciendo cola tras de mí. Oigo conversaciones de los diversos grupitos que hay por ahí: unas señoras se han traído a sus maridos y a alguna de sus hijas (chan-chaaaaaan), primeras sospechas: ¿esta gente son profesionales?
Las nueve de la mañana. Más gente haciendo cola. Seguimos sin poder entrar. Hace tanto frío que ya no me siento los pies. Noto una ligera brisa de cabreo que me sube por la garganta. Respiro. Trago. Nueve y media de la mañana. He perdido la sensibilidad de mis pantorrillas. La gente empieza a cantar a coro la canción de “Cuéntame, cómo te ha ido…” cambiando la letra por cosas como “queremos entrar ya” y demás. Todos estamos hartos. A lo lejos veo que un trabajador de RTVE saca una pancarta que reza: “Cuéntame, el musical” y la pone en la entrada de los estudios, a unos cincuenta metros de donde estamos haciendo cola los del cásting. Cabe añadir: en la puta calle. Chan-chaaaaaaaaaaaaaaaaan. Segundo aviso, ese cartel no es para nosotros, es porque fijo que salen cámaras a grabarnos. Esto es una especie de OT.
Nueve cuarenta y cinco. Salen cuatro tipos con cámaras del edificio principal, cada uno acompañado por un sonidista con su percha y todo. Ni chan-chaaaan ni ostias, esto huele a timo. Salen también unas cuantas chicas con papeles en las manos y empiezan a hablar con la gente de la cola. Una de ellas empieza a entrevistar a la gente que se encuentra tres posiciones delante de mí. Son una mujer y su marido. Pregunta de entrevistadora: “¿por qué ha venido al cásting?”, respuesta de señora: “porque siempre me ha gustado cantar”, pensamiento en mi cabeza: “¿Dónde coño me he metido?”. Siguiente grupo de gente. Otra señora. “¿Viene sola?”, “no, con mi marido, que está ahí, el pobre, hasta las narices de esperar”. ¿Y cuál fue la respuesta de la chica de RTVE?
Opción a: Lo siento señora, pero hemos tenido algunos problemillas y hemos empezado tarde.
Opción b: Y lo que le queda, señora.
Opción c: A mi el sabor de helado que más me gusta es el de menta.
Pista: la chica no tenía educación y hacía demasiado frío como para pensar en helados. Así que sólo nos queda la respuesta b. Así es. Ni disculpas ni leches, son los de RTVE y empiezan los cástings cuando quieren, sí señor. Otra oleada de cabreo se me sube a la cabeza. Por otro lado, la señora responde con una risita endeble. Tampoco era profesional. Siguiente: la chica que está justo delante de mí y que va acompañada por su padre. “¿Cantas?”, y aquí atención, porque la respuesta es real y no tiene desperdicio: “sí, debajo de la ducha”. La leche. Me desbordo. Me toca el turno.
Pregunto: ¿Qué horario tenéis previsto?
Responde: pues hasta tarde.
Yo: tarde, ¿cuánto?
Ella: pues lo que lleve, los cástings son así.
Yo: no, no lo son.
Ella: bueno, los que son para cosas de televisión sí.
Yo: eeeem, no. Yo he trabajado en televisión y tampoco son así.
Ella: a saber en qué televisión has trabajado. Pero bueno, si empiezas así…
Yo: (se me sube a la garganta la respuesta de: pues en una en la que las pruebas empiezan a la hora que te dicen; pero me controlo) tienes razón, soy un capullo. Lo único que quiero saber es hasta qué hora tenéis previsto hacer el cásting.
Ella: hasta las diez de la noche no cuentes con irte a casa.
Yo: pues ala, me voy ya. Gracias por todo.
Y así, señoras y señores, acaba mi periplo a las tierras de RTVE. No ser nadie es muy duro. Si algún día pasa al revés, espero recordar este día. Los grandes deberían estar ahí para proteger a los pequeños. En lugar de eso, los pisan. Un saludo y buena suerte, la necesitarás si eres un pez pequeño.
¿Alguien se acuerda de la serie de un médico precoz? Un tipo que sabe lo que hace, pero cuya juventud le hace ser criticado. Este blog es más bien todo lo contrario, un tipo que no tiene ni idea y es demasiado mayor como para empezar a bloggear. Bienvenidos a mi pequeño universo personal, confío en que encontréis algo que os interese.


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