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  • Mar 22

    Esto sí es publicidad agresiva

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    Se habla mucho sobre la publicidad. Se conoce el concepto de publicidad agresiva. Me imagino a un publicista golpeando a la gente de la calle mientras grita: “bebe Coca-cola, cómprate un Mercedes”. No será que no lo hayan pensado pero, claro, la agresión es ilegal. El paso previo a la violencia explícita para vender es este What The Jaumefuckear. Lo encontré en el escaparate de una tienda de las de veinticuatro horas en las que uno puede encontrar de todo. Incluso café.

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    *Café! Ya tendrás tiempo de dormir cuando estés muerto

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    Mar 20

    El grande que pisa al pequeño

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    La historia empieza con una visita a una página de actores que no viene al caso citar. Allí encuentro un cásting (no, no sé si lleva tilde, pero me suena mejor con) que RTVE va a realizar para diferentes papeles de la versión musical que va a hacer de la serie “Cuéntame” y que se llamará “Cántame” (originalidad a raudales). Mando mi currículo y fotos de guapo varias (yo qué sé, maravillas de la tecnología y de mis amigos que tienen una maña alucinante con las cámaras). A los dos días me llaman para citarme el pasado día 17 en los estudios de Sant Cugat del Vallès de RTVE a las 8:30 de la mañana. Me dicen que lleve tres canciones preparadas para la prueba. Hasta aquí normal. Empiezan las cosas raras: la chica que me ha telefoneado pregunta que si voy a ir solo o acompañado. “Eeeeem… solo”, contesto. Dice que puedo llevar a amigos, familiares y demás y que pueden hacerme los coros e incluso bailar detrás de mí mientras yo canto en el cásting. Yo alucino. Pero me recompongo pensando algo racional que explicaría semejantes sugerencias. Algo racional que no soy capaz de recordar, por supuesto. Nos despedimos y no le doy más vueltas al asunto.

    Día 17. Tengo todo lo necesario para ir a la prueba. Me levanto a las 7 para ducharme, vestirme y tener tiempo de ir a la estación y coger el tren hasta Sant Cugat. En la calle hace un frío increíble. Me he preparado las tres canciones, incluida la de Robbie Williams: Angels. Iluso de mí creo que les voy a asombrar. Después del trayecto en tren y andar cinco minutos, encuentro los estudios de RTVE. Hay gente haciendo cola, pero como son las 8:15 de la mañana no me preocupo en exceso. Todavía faltan quince minutos para que empiece. Quince minutos más tarde aquello sigue igual, sólo que ahora hay gente haciendo cola tras de mí. Oigo conversaciones de los diversos grupitos que hay por ahí: unas señoras se han traído a sus maridos y a alguna de sus hijas (chan-chaaaaaan), primeras sospechas: ¿esta gente son profesionales?

    Las nueve de la mañana. Más gente haciendo cola. Seguimos sin poder entrar. Hace tanto frío que ya no me siento los pies. Noto una ligera brisa de cabreo que me sube por la garganta. Respiro. Trago. Nueve y media de la mañana. He perdido la sensibilidad de mis pantorrillas. La gente empieza a cantar a coro la canción de “Cuéntame, cómo te ha ido…” cambiando la letra por cosas como “queremos entrar ya” y demás. Todos estamos hartos. A lo lejos veo que un trabajador de RTVE saca una pancarta que reza: “Cuéntame, el musical” y la pone en la entrada de los estudios, a unos cincuenta metros de donde estamos haciendo cola los del cásting. Cabe añadir: en la puta calle. Chan-chaaaaaaaaaaaaaaaaan. Segundo aviso, ese cartel no es para nosotros, es porque fijo que salen cámaras a grabarnos. Esto es una especie de OT.

    Nueve cuarenta y cinco. Salen cuatro tipos con cámaras del edificio principal, cada uno acompañado por un sonidista con su percha y todo. Ni chan-chaaaan ni ostias, esto huele a timo. Salen también unas cuantas chicas con papeles en las manos y empiezan a hablar con la gente de la cola. Una de ellas empieza a entrevistar a la gente que se encuentra tres posiciones delante de mí. Son una mujer y su marido. Pregunta de entrevistadora: “¿por qué ha venido al cásting?”, respuesta de señora: “porque siempre me ha gustado cantar”, pensamiento en mi cabeza: “¿Dónde coño me he metido?”. Siguiente grupo de gente. Otra señora. “¿Viene sola?”, “no, con mi marido, que está ahí, el pobre, hasta las narices de esperar”. ¿Y cuál fue la respuesta de la chica de RTVE?

    Opción a: Lo siento señora, pero hemos tenido algunos problemillas y hemos empezado tarde.
    Opción b: Y lo que le queda, señora.
    Opción c: A mi el sabor de helado que más me gusta es el de menta.

    Pista: la chica no tenía educación y hacía demasiado frío como para pensar en helados. Así que sólo nos queda la respuesta b. Así es. Ni disculpas ni leches, son los de RTVE y empiezan los cástings cuando quieren, sí señor. Otra oleada de cabreo se me sube a la cabeza. Por otro lado, la señora responde con una risita endeble. Tampoco era profesional. Siguiente: la chica que está justo delante de mí y que va acompañada por su padre. “¿Cantas?”, y aquí atención, porque la respuesta es real y no tiene desperdicio: “sí, debajo de la ducha”. La leche. Me desbordo. Me toca el turno.

    Pregunto: ¿Qué horario tenéis previsto?
    Responde: pues hasta tarde.
    Yo: tarde, ¿cuánto?
    Ella: pues lo que lleve, los cástings son así.
    Yo: no, no lo son.
    Ella: bueno, los que son para cosas de televisión sí.
    Yo: eeeem, no. Yo he trabajado en televisión y tampoco son así.
    Ella: a saber en qué televisión has trabajado. Pero bueno, si empiezas así…
    Yo: (se me sube a la garganta la respuesta de: pues en una en la que las pruebas empiezan a la hora que te dicen; pero me controlo) tienes razón, soy un capullo. Lo único que quiero saber es hasta qué hora tenéis previsto hacer el cásting.
    Ella: hasta las diez de la noche no cuentes con irte a casa.
    Yo: pues ala, me voy ya. Gracias por todo.

    Y así, señoras y señores, acaba mi periplo a las tierras de RTVE. No ser nadie es muy duro. Si algún día pasa al revés, espero recordar este día. Los grandes deberían estar ahí para proteger a los pequeños. En lugar de eso, los pisan. Un saludo y buena suerte, la necesitarás si eres un pez pequeño.

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    Mar 11

    Nieve sobre el mar

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    Es una mañana cualquiera. Bueno, al menos eso me imagino. Fuera el mundo debe seguir igual que ayer… Pero no, ahí está esa fuerza que algunos llamarán Dios y otros cambio climático, para demostrar que el universo es de todo menos predecible. Salgo de la habitación para ir al baño y una lluvia de nieve (literalmente, nada de metáforas porno), cae fuera de la ventana del salón. Increíble. Vuelvo corriendo a la habitación: “cariño, nieva”, digo con un tono de exaltación muy poco común después de haberme levantado. Ella, que todavía se encuentra en plena lucha mental por vencer el frío y separar las sábanas de su cuerpo, responde con un “ahá” medio muerto de asco. ¡Como si pasara todos los días! Si hubiera dicho que los backstreet boys están desnudos en el salón, otro gallo cantaría.

    Un par de horas más tarde salimos a la calle, ya despejados, limpitos y con nuestras mejores galas anticongelación. Ante nosotros, esto:

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    Nieva. Nieva a todo nevar. Y al nivel del mar. Pareado. Se me empieza a ocurrir que tal vez no ha sido tan malo esto de cargarnos el ecosistema. La cámara se empapa. “Vamos, corre”, “voooooy”. La gente se parapeta bajo sus chaquetas, impermeables y paraguas sin demasiado éxito. Debe hacer ya rato que cae, porque todo está cubierto de blanco. No viene mal un toque de pureza de vez en cuando.

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    ¡Es la guerra! Todos caminan a toda leche por la calle. Los que trabajan miran desde dentro de sus negocios vacíos de clientes cómo el mundo se deshace. Eso los que no tienen un bar, que los camareros iban y venían con cacaolats calientes, cafés y demás con tanto trajín que apenas sí vieron la nieve. Nosotros vamos a clase enfundados en sendos abrigos y esquivando peatones, bajo la miserable protección de un paraguas roto. Llegamos a la boca del metro. “¿Entramos o vamos a pie?” No nos decidimos. Un ademán común nos impulsa a caminar mientras argumento no sé qué estupidez sobre lo cerca que estamos. Dos pasos más allá volvemos a dar la vuelta y entramos en el metro como absorbidos por una fuerza amiga: el calorcito subterráneo. Tengo los pies mojados. Me quito la capucha y un poco de nieve cae dentro del jersei y resbala por mi espalda: ¡Buenos días, amigos y amigas! Después de un trasbordo y tres o cuatro paradas salimos a la calle. El espectáculo allí no es mucho más alentador.

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    El suelo resbala, medio embarrado de pisadas. Un fluído viscoso y marrón que fue blanco y frágil en otro momento cubre las aceras y las calles. De los balcones y tejados caen pequeños aludes, como bombas de racimo, sobre los transeuntes. Esto es mejor que el medal of honor. Por fin llegamos a la escuela de doblaje. Entramos. “Hola, qué tal…”. Hacemos un take, “hala, que cerramos la escuela porque no ha venido ni cristo”. La versión oficial es que cierran por la seguridad de los estudiantes. Hasta las ocho no entro a trabajar, así que nos quedamos en un bar a hablar de la vida, el amor y otras chorradas con unos compañeros y la profe.

    Gran día. Espero que el vuestro fuera incluso mejor.

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