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Suena de fondo la canción de “hurt” de Johnny Cash, que canta con voz desgarrada todo lo que siento. El domingo es un día triste. Lo es por defecto para los que soñamos y no encontramos nada más que una pared frente a nosotros. Lo es para los que amamos a la nada invisible que cohabita dentro de nuestros corazones con la soledad. Lo es para los idiotas que fingimos ser felices mientras dentro de nosotros algo se come nuestras entrañas y nos transforma en aquello que más odiamos. ¿En qué me he convertido? pregunta el maestro Cash. Y sólo se me ocurre que soy triste como este día que dejo atrás con la esperanza de que mañana será diferente, quizás mejor. Puede que me dé por soñar con un domingo en el que sonreír no me cueste. Las lágrimas se apoderan de mí. Escribo línea tras línea, adivinando apenas los trazos de las letras que tecleo en mi ordenador.
Hoy he subido al Tibidabo. He observado la ciudad de Barcelona desde las alturas en toda su plenitud. Se me ha ocurrido que tres millones de personas allá abajo viven, aman y mueren todos los días. Algunos ríen también. Pensar que soy un grano de arena en Marte hace que me sienta pequeño. Mis errores parecen reversibles. Una pequeña luz brilla al final de un túnel de oscuridad en el que habito desde hace ya demasiado. Soy mejor de lo que soy. Una sonrisa aflora en mis labios. Mañana voy a conseguir que alguien sonría también. “Hoy me he herido a mí mismo sólo para saber si todavía puedo sentir”, y sabe qué señor Cash, aún estoy vivo.


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