Tienes sueño y te sientes cansado, pero no puedes dormir. En la cabeza se agolpan los pensamientos, dónde y cuándo la cagaste, los porqués inexcusables. En los oídos resuenan los versos que escribiste a una musa ya muerta y no puedes evitar sentir un pinchazo en el pecho. No puedes recordar nada bueno porque el dolor es tan intenso que apenas te permite respirar. Te apetece abandonar. Nada sale bien. Todo es gris donde ella había dibujado un arco iris con 16 millones de colores. Tienes ganas de llorar, pero no puedes porque el agotamiento te consume desde lo más profundo de tu ser. Quieres que el destino sea gentil contigo, pero sabes que no será así. Que tú solito has entrado en este laberinto sin salida. Deseas una máquina del tiempo y volver a ser quien eras cuando serlo importaba o valía la pena. Cuando al estirar la mano encontrabas la suya y todo el universo encajaba por fin, porque habías colocado la pieza que te faltaba en el rompecabezas cósmico. Miras a tu alrededor y no hay nadie. Estás solo. Estás incompleto. Quieres volver. Exiges a los dioses que te abocaron al agnosticismo que te den una segunda oportunidad, pero, como siempre, la respuesta es el sonido hueco del vacío atronador que habita en ti. No quieres seguir, pero lo harás. Dejas que te lleve la corriente del río de locura en que has convertido tu existencia. Mientras caminas hacia adelante y hacia ninguna parte, sólo deseas que ella te pida que vuelvas. Lo peor de todo es que sabes que no lo hará, porque hace ya mucho que te ha olvidado.


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