En medio del campo de batalla el soldado optimista se ve a sí mismo como un superhombre invencible.
El pesimista se acurruca en el suelo a esperar la muerte mientras llora desconsolado por el oscuro destino que le toca vivir.
El cínico se enciende un cigarrillo y piensa en cómo va a morir por defender un trapo de colorines con el que se limpiaría el trasero.
Luego está el patriota, que sueña con la gloria y el que declaró la guerra, que lo ve todo por televisión desde casa, sentado en su sillón preferido.
Espero sentado frente a la pantalla en blanco.
No pasa nada.
Nunca pasa nada si yo no permito que lo haga.
En la mente se van desdibujando retazos antiguos
que no quería olvidar antes de morir:
tu sonrisa,
el tacto de tu piel,
el sabor de tu sudor contra el mío.
¿Por qué no puedo recordar?
Pensé que siempre podría.
Siempre.
Era una palabra que tenía significado.
Quería decir que al despertar cada mañana
sabría que existías y podría sonreír.
Nunca.
Eso es ahora.
Nada.
Es lo que me queda salga el sol o se ponga.
Luché contra los dragones del olvido,
contra hordas de feroces manchas de tinta
que pretendían borrar mis palabras.
Intentaron que volviera a atrás,
a las trincheras,
a salvo de los morteros con cargas
de silencios y vacíos que me lanzabas.
Escribí mil líneas.
Mil versos.
Mil vidas contigo.
Perdí no por falta de ganas,
sino por abandono del adversario.
¡Quería pelear por ti!
Luchar hasta morir,
llorar de rabia,
intentarlo una y otra vez,
no desfallecer jamás.
Ante nada.
Pero la nada de la que hablo,
ésa es la que se presentó en tu lugar.
Jugar, bailar, gritar, volar incluso,
no sirve si tú no puedes verme.
Me pregunto si fue miedo,
si fue cobardía,
si fui yo o si fue el destino.
Me quedé solo.
Blandiendo mi triste espada,
ahora convertida en una vara de arlequín.
Sin nadie contra quien pelear.
Sin nada que vencer.
Sólo el sonido hueco del olvido.
Sólo la oscuridad.
Y por muchas preguntas que formule,
sólo tú puedes contestarlas.
No hiciste nada.
Nunca.
Y ahora lo único que queda
son dos palabras que describen lo que valgo.
Nada.
Nunca.
Ojalá pudiera ser todo,
siempre,
como lo era al menos cuando soñaba contigo.
¿Cómo estás?, preguntó él.
Ella se limitó a darse la vuelta y caminar.
Y caminó hasta que se perdió en la neblina del olvido.
Play antes de leer
The Frames me lanzan desde la oscuridad de mi habitación una frase exacta: tu deseo cambia cada día, es una decisión que debes tomar. Yo no entiendo nada. Sigue cantando una voz triste. Siempre, parece no funcionar nunca. ¿Por qué tiene tanta razón? Me pregunto mientras siento la soledad que entra por mis poros. Se amontona la saliva en mi garganta y me cuesta tragar. Respiro hondo y me quemo los pulmones y de repente siento una lágrima que se desliza despacio cayendo por mi cara y un impulso que me nace desde dentro como si me fueran a explotar las entrañas. Tengo que salir de aquí. El mp3 sigue pegado en mis oídos y un violín resuena con tonos lánguidos desde muy lejos. Podríamos quemar este puente o quedarnos en él. ¡Yo ya no sé lo que quiero! ¡Nunca lo he sabido! Y sin embargo se me comen las ganas de verte, de tocarte, de hacerte el amor y gritar a los cuatro vientos que sin ti esta vida a la que llamo mía no me pertenece. ¿Dónde ha quedado la necesidad de absorbernos a cada segundo como si fuera el último? Corrí demasiado rápido, huí después, quise más, pero pedí menos, di todo a sabiendas de que tenía mucho más para ti guardado en alguna parte que murió hace mucho dentro de mí. Siempre, parece no funcionar nunca. Estoy en la calle. Intento caminar sin derramar más penas. Miro a las caras de la gente con la que me cruzo. Me pregunto si ellos también lloran. Aprieto los dientes porque se me escapan las ganas de vivir por los ojos. La música se detiene. Ha terminado la canción. Pero alguien inventó el modo repetición. Vuelven a hablarme de decisiones. Vendería mi alma por un beso tuyo. Por que sonrieras como antes, por que cogieras mi mano otra vez, por que me miraras a los ojos sin decir nada mientras ellos lo dicen todo. Pero ya no me queda nada que vender. Te lo di. Te lo llevaste. Mis pasos se detienen. Vuelvo a poder respirar con normalidad. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Elimino del pensamiento la calidez de tus labios curando mis heridas de guerra. Levanto la mirada. El tiempo será el juez de todo esto. Cuánta razón. Me quito los auriculares. Los sonidos del mundo me abruman. Un grupo de niños vuelven del colegio. “¡Quiero chuches!”, grita uno de ellos a su madre. Ella asiente y se produce el milagro. Alguien sonríe. Miro al cielo y entiendo que el dolor se irá sólo si yo decido que lo haga. Ya puedo volver a casa. Puede que me lleve tiempo, pero es hora de quemar algunos puentes.
Siempre que el optimista sale de marcha piensa que va a ligar, seguro.
El pesimista, en cambio, se encuentra tantos defectos que sólo puede pensar: ¿quién me va a querer a mí?
La única certeza que tiene el cínico es que el whisky no le defraudará.
Y luego están los feos que no ligan y los guapos, que son demasiado tontos como para aguantarlos más de dos días.
Camino por la calle sin rumbo claro.
En los oídos versos cantados,
memorias de tiempos mejores.
Todo el mundo conoce el sabor
de las lágrimas.
No todos saben qué significa
la felicidad.
Selecciono las partes de las personas
que pasan alrededor y que me iluminan:
una sonrisa,
labios sensuales,
ojos que observan en lugar de mirar,
pasos de gigante para mentes pequeñas,
ogros que ríen como niños,
dedos de carícia suave,
tonos de voz,
piernas que mecen el deseo
y lugares remotos que fueron
explorados hace mucho.
Miro, escudriño, observo,
aprieto los dientes y me permito soñar.
Soy tú y él y nosotros.
No, nosotros no fue nunca.
Rompí corazones, dormí sin ganas
y me acosté con princesas y dragones.
No siempre al mismo tiempo.
A veces sí.
Asoma por la comisura de los ojos
la palma de una mano que pasea.
Es la mía.
La veo y no la reconozco
si la tuya no la abraza.
Los demás siguen pasando a mi alrededor.
Ajenos a mi pena, mi gloria,
mi nada.
Si muero ahora, nada cambiará.
Habría podido cambiar tantas cosas
estando vivo.
Habría podido quererte mejor
y ahora mi mano no sería huérfana.
Habría podido darme cuenta de que
tras seleccionar las partes separadas del mundo,
el todo que se forma es peor que tu todo.
Habría podido echarte menos de menos
y darte más de lo que soy.
Habría podido…
Un momento… ¡Estoy vivo!
Ah, pero si lo estoy se muere el condicional
y nacen el presente y la capacidad de cambiar.
¿Quiero cambiar?
Quiero quererte. ¿Me dejas?
El optimista piensa que los demás son buenos por naturaleza.
El pesimista cree que el resto del mundo está en su contra.
El cínico intenta sobrevivir sin la ayuda de los demás a sabiendas de que sólo puede perder.
Hace poco logré hacerme con un software que me permite grabar vídeos con mi webcam, cosa impensable sólo con Windows Vista. Así que he decidido hacer una prueba con una idea que me rondaba desde hace tiempo. Ya comentaréis.
He pensado que voy a inaugurar una nueva sección dedicada a la poesía. Así que los viernes se convierten desde ya en los días del poema en www.jaumear.com.
Cojo una bocanada de tristeza.
Densa,
pesada,
casi líquida.
Se cuela en mi organismo.
Despacio.
Saboreándome.
Caen las defensas de palacio.
Es demasiado tarde, siempre lo es.
Hay tantas cosas que quiero decir,
hacer, borrar, rehacer.
O sólo estar.
¿Qué ha pasado?
¿Cuándo dejó de importar todo?
Da igual lo que haga, lo que diga,
lo que piense,
sienta,
grite o pelee.
He perdido pero no he muerto.
El soldado vencido no conoce la gloria
y lo peor del olvido es ser el único que recuerda.
Sólo quería quererte.
Tú sólo olvidarme.
Pobre suerte la que me reservan los dioses.
Ya no hay más bromas comunes,
se ha extinguido el parpadeo anaranjado
en la pantalla del ordenador: nuevo mensaje.
Quedan atrás los teechodemenos,
siestuvierasaquí o temandounbeso.
Un vacío ocupa el lugar del todo anterior.
Han volado las palabras dulces
y sólo permanece sobre mis labios
la quemazón de los tuyos.
Miro melancólico el beso infinito
que vive dentro de una imagen en jpeg.
Quisiera volver allí en lugar de recordar,
pero me arden los pulmones.
Exhalo la bocanada de tristeza.
Densa,
pesada,
llena de añoranza.
Sólo quería quererte.
Quizá sólo pueda hacerlo desde el olvido.
El optimista: en seis segundos puedo arrancarte una sonrisa.
El pesimista: cuenta hasta seis… un niño acaba de morir de hambre.
El cínico: ¿Cuál es la media de duración de un orgasmo?.
X: No me hagas daño. Eso dijo mientras hacíamos el amor… o echábamos un polvo, yo qué sé, mientras emulábamos sarcásticamente el acto de la procreación con un preservativo de por medio. Y ahí estaba yo, metido en ella, agitando las caderas con suavidad. No te haré daño. Eso respondí. Y añadí: nunca. Es una palabra confusa “nunca”. ¿Significaba eso que nada de sexo anal?
Y: lo estás banalizando.
X: perdona por buscar cobijo en la ironía.
Y: no es irónico, es patético. ¿La quieres?
X: y yo qué sé. ¡No! No lo sé. No, maldita sea, ¿en apenas dos semanas ya la tengo que querer?
Y: ¿Quién te obliga?
X: ¿Cómo?
Y: has dicho: tengo que querer. ¿TIENES que quererla?
X: no. Menuda estupidez. Sólo digo que si no quería que le hiciera daño, ¿por qué se fue?
Y: a mí me parece razón suficiente.
X: la verdad es que a mí también.
Y: ¿Entonces?
X: entonces nada. Me parece cobarde.
Y: todos lo somos.
X: todos no. No generalices.
Y: cierto.
X: no sé… ¿Se fue porque no quería que la hiriera?
Y: …
X: ya. No tienes respuesta. No es justo.
Y: es justo para ella.
X: ¿Y con eso se supone que tiene que bastarme?
Y: ¿Y si no?
X: si no…
Y: se ha ido. Punto.
X: yo no le habría hecho daño jamás.
Y: no lo sabes.
X: nadie lo puede saber. Es la gracia del futuro, que es impredecible.
Y: a ella no le hizo mucha gracia.
X: no banalices.
Y: tienes razón. Lo siento.
X: si por miedo dejamos de hacer las cosas, dejamos de sentir, de vivir en definitiva… ¿qué nos queda?
Y: seguridad.
X: ¡A la mierda la seguridad! Los que no arriesgan no ganan.
Y: sólo se recuerdan las historias de los ganadores. Pero hay muchos que se quedan atrás.
X: ¿Y se arrepienten de habérsela jugado?
Y: probablemente.
X: ¡¿Probablemente?!
Y: sí, ¿nunca te has torturado por haber tomado una decisión equivocada?
X: supongo que sí.
Y: ¿Supones o estás seguro?
X: …
Y: pues eso.
X: si no hacemos nada por miedo nos podemos estar perdiendo algo bueno de verdad.
Y: ¿Mejor que la tranquilidad de la soledad?
X: sí, maldita sea, sí. Mucho mejor. Algo que haga latir tu corazón. Que te impulse a levantarte cada mañana.
Y: para eso sólo necesitas el despertador.
X: eres un imbécil.
Y: y tú un romántico. Cada uno tiene más que suficiente con lo suyo.
X: de acuerdo. ¿Y ahora qué?
Y: pues a seguir adelante.
X: ¿Y si no puedo?
Y: oh, vamos. Hace dos semanas existías sin ella.
X: esto es una mierda.
Y: acostúmbrate.
X: ¿Y si no quiero?
Y: entonces a lo mejor todavía te queda alguna posibilidad.
X: ¿De qué?
Y: de vivir.


/rating_on.png)
(4 votos, promedio: 4.00 de 5)